Los exámenes cuando están aún lejos son como esas novias primerizas a las que sólo recuerdas de vez en cuando, mas sin embargo, cuando están cerca son como un amor profundo y reciente, como esa chica a la que acabas de conocer y que no te puedes quitar de la cabeza.

Ellos, como Zeus, se aparecen en múltiples figuraciones; unas veces vienen engalanados en tipos test y respuestas cortas, otros se aparecen largos como las esperas en estaciones de trenes y autobuses, o se transforman en enrevesados textos cuya mecánica es tan compleja como el último beso, como el abandono de todas las mujeres que un día amaste.

También es complicada su espera, el hormigueo interno que recorre las venas mientras el profesor reparte las últimas instrucciones. Una vez que lo tienes enfrente pueden darse múltiples situaciones: Te puedes volver cobarde y aún sabiendo a ciencia cierta lo que has de decir, te callas, lo firmas y lo entregas sin tan sólo poner una palabra, porque te ha podido el miedo y el agobio, al igual que a un chiquillo adolescente que después de ensayar día tras día la declaración de amor ante el espejo enmudece ante la chica de sus sueños.

Otras veces, te enfrentas a él sin miedo, sabiendo que lo vas a superar fácilmente, pero luego, al ver la nota, te das cuenta que has fallado, que la chica que parecía facilona estaba ya con otro, o era más dura de la cuenta. Sin embargo, en otras circunstancias vas con miedo y piensas que todo está perdido, que no puedes merecerla… pero a pesar de todo no te das por vencido y luchas, y cuando crees todo muerto te encuentras con que has aprobado y te quedas sorprendido como el chico tímido del grupo al escuchar el “sí quiero” de los labios de la más rebelde de toda la pandilla.

También es habitual el sibilino artificio de las chuletas, que no es más que el engaño al profesor y a uno mismo, con las miras a unos fines concretos, como cuando le dices a una chica que la amas, y saciado el sexo marchas cobardemente y la abandonas. Tampoco pueden olvidarse los aprobados por los pelos, los cuatros que se convierten en cincos después de unas lágrimas o un pase de escote en un despacho, pero esos, al igual que las relaciones que se empiezan con la duda, terminan por romperse a largo plazo, por cobrarnos los recibos que un día estafamos a la Hacienda.

Pero que nadie olvide, que los exámenes, como el amor, también pasan y terminan y el recuerdo de una Matrícula de Honor, como el beso, es siempre más agradable que un suspenso.